Tiempo De Introspección

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Bismar Galán

Se siente el “friíto” de la Navidad 2016. Unos sonríen, otros celebran, algunos agradecen; los menos (gracias a Dios) se lamentan por la llegada del término de un nuevo año. Los pesimistas dirán: “¿Para qué celebrar si estoy un año más viejo?”; los optimistas responderán: “He tenido la bendición de cumplir un año más”. Lo cierto es que el irreversible pasa y no todos lo hacemos consciente hasta que llega diciembre. Pero con este tiempo, llega la magnífica oportunidad o la simple excusa para mirar al otro tiempo, al que se ha ido, y reflexionar en lo que se hizo y en lo que no. En ese sentido, tenemos la prerrogativa de pensar en una de esas opciones (lo hecho o lo pendiente) o en las dos, y hasta en ninguna de las dos. A lo que no deberíamos renunciar, ni el optimista ni el pesimista, es a la reflexión consciente, al análisis pormenorizado de qué hemos hecho respecto de nuestras relaciones con los demás.

Estos son tiempos propicios para la autorreflexión, para la mirada autocrítica a esas actuaciones personales que de algún modo definen la unidad y al amor. Creo que es tiempo para un acto de introspección, para que nos preguntemos: ¿Mis palabras y actuaciones favorecen el amor entre las personas con las que comparto en diferentes espacios de mi vida? ¿Soy de los que respetan a los demás o de los que utilizan palabras, actitudes y acciones que dañan a otros y que es necesario modificar? ¿Soy de los que se ofuscan con facilidad, de los que pierden el control y el sentido común o de los que son capaces de autorregular emociones como el rencor y la envidia?

En estos tiempos y siempre, la comunicación con el resto de los miembros de nuestro colectivo (familiar, laboral, comunitario…) es fundamental. Sería propicio analizar, reflexionar y llegar a conclusiones individuales acerca de si, con nuestras maneras de actuar, estamos aportando a las relaciones saludables. Es importante meditar hasta qué punto hemos estado dispuestos a sacrificarnos en procura del bienestar colectivo, en procura de una mejor comunicación.

Esta es también la época ideal para el perdón. Pero nada será más saludable que comenzar por revisar hasta qué punto nos hemos perdonado por pensamientos y acciones de las cuales estamos arrepentidos. Hoy, ahora, es pertinente preguntarse: ¿Soy de los que están en disposición de perdonar a alguien? ¿Cuál fue la última vez que pedí perdón? ¿Cuál fue la última vez que perdoné? ¿Queda alguien a quien deba perdonar por algo? ¿Y alguien a quien decirle “perdóname”? Pueden sumarse muchas más preguntas, pero lo más importante es que les busquemos y demos respuestas. Reflexionar sobre hasta qué punto aportamos al colectivo, no sólo con algo material, sino con sentimientos, palabras y actuaciones, podría ser un magnífico ejercicio de esta bella época del año.

Desde ya, sin esperar el campanazo que anunciará la venida del nuevo año, meditemos concienzudamente en qué pensamientos, palabras y acciones debemos reencauzar por los caminos que agradan a nuestro Señor y a nuestros semejantes, que es más fácil. De cada uno de nosotros depende mucho el bienestar y hasta la felicidad de los demás; pero, ¿estamos consciente de eso?

Si somos capaces de mirarnos a sí mismo, de autocriticar los deslices en que hemos caído en nuestra comunicación con los demás, seguramente el nuevo año tendremos la oportunidad de ser mejores personas y de aportar a la alegría y felicidad colectiva. Tanto pesimistas como optimistas, consagrados al amor y la paz colectivos, sabremos sortear las más lacerantes miserias humanas.

Que el falso orgullo y otras tantas acechanzas malsanas, propias del hombre, no nos lleven a perder la compostura. Revisémonos bajo el convencimiento de que es posible mitigar nuestras imperfecciones y guiar nuestros pasos hacia un nuevo año pleno de luz compartida.